El pintor de la vida

La realidad se diluía al lado de este Druida Mayor que hacía una celebración de cada detalle de lo vivo no domado. Sus ojos de artista veían lo invisible. Captaba la energía del Cosmos. Trasmutaba la materia; descomponía la luz y los colores. Un pintor de Altamira resucitado al servicio de lo vivo.

Fernando Fueyo

(Foto: Benigno Varillas, 2006)

Una obra artística que hizo escuela

en Quercus, Natura y otras publicaciones


Las revistas de la naturaleza cobraron una identidad artística única con sus pinturas

El artista asturiano Fernando Fueyo dibujó y diseñó durante años la identidad corporativa, los carteles y las publicaciones del Fondo Asturiano para la Protección de los Animales Salvajes, FAPAS, entidad fundada en 1982 por el naturalista Roberto Hartasánchez.
Fueyo, a la derecha al fondo, con melena y barba, junto a su esposa Mariví, con la que tuvo dos hijos, Yolanda y Fernando, en la fiesta que celebró en un bosque el primer aniversario de las revistas Quercus y El Cárabo, en 1982.
Una de las aperturas a doble página ilustrada por Fueyo que hicieron leyenda en los primeros números de la revista de Estudio, Observación y Defensa de la Naturaleza, Quercus. Sus dibujos causaron a lo largo de la década de 1980 un gran impacto en los lectores de esta publicación fundada por Teresa Vicetto y Benigno Varillas (BV) en 1981, marcando su identidad y generando una escuela de artistas de la naturaleza que siguieron sus pasos.

Fernando Fueyo, el artista de lo indómito


(1946 – 2021)

Fernando Fueyo junto al tronco de una olma centenaria de Burgos, secada por la enfermedad de la grafiosis.

 

ÚLTIMOS MENSAJES DE FERNANDO FUEYO, ENVIADOS POR WHATSAPP A B. VARILLAS. Fernando Fueyo estaba como un roble. Estos son los últimos mensajes que envió a BV, mes y medio antes de fallecer. En ellos sale una foto suya plantando árboles en 1982, en la campaña Por cada suscriptor un árbol y añade una de él plantando árboles en Teruel 38 años después con el mismo brío.

Fernando Fueyo puso su arte al servicio de causas a favor de los montaraces, lo libre, los proscritos, lo indefenso, los sin voz, los seres en peligro de extinción, tachados de dañinos por humanos neolíticos, cazadores y ganaderos que tanto daño causan a la vida salvaje. Su reencuentro con ella se produjo al insistir en ilustrar en 1982 los primeros números de la revista de la naturaleza Quercus. 

Sus láminas, dibujadas a lápiz, publicadas a doble página, crearon una escuela de artistas que decidieron seguir sus pasos.

Su estudio era sagrado. Nadie podía entrar en él, que no fuera de su mano. En ese caso, lo difícil era salir. Te enseñaba, con tempo geológico, cada obra, tanto las a medio acabar como las que tenía en la cabeza y visualizaba a modo de imágenes espectrales, holograma que te hacía creer ya pintado el encargo que se le había hecho y te hacía irte contento sin el anhelado cuadro, cuya factura se prolongaba meses y años.

Las revistas tienen una fecha de cierre y entrada en máquinas. El número de enero no puede salir en marzo. Cuando no se podía esperar más a que Fueyo entregara su obra, me acercaba a su casa y, contraviniendo sus órdenes, su mujer me dejaba profanar su estudio y arrancarle del atril la obra a medio acabar. Así salían, unas aperturas a doble página en las que las encinas alternaban con blanco brumoso que hacía flotar el dibujo en una atmósfera misteriosa que obligaba a la imaginación. Creó escuela y fue seña de identidad de Quercus durante años. 

Aquella genialidad, que tantos imitaron, era fruto involuntario, lo mismo que los círculos mágicos, sello de Fueyo, que aparecían en sus cuadros. Cuando le encargué pintar en Natura, editada por una gran editorial, que pagaba bien pero no esperaba, Fueyo se agobiaba con el cierre. Pasaba la noche pintando para entregar en fecha. Los círculos mágicos eran aros que dejaba las tazas de café que tomaba para vencer el sueño y empezó apoyando en descuidos en una esquina del cuadro. Cuando hicimos el libro de los árboles de Burgos ya los hacía de forma intencionada y selecta. Cada unos de los 30 árboles lleva anillos del color de un vino de Ribera de Duero distinto, que otras tantas  bodegas no dudaron en aportarle, una caja por cuadro para que los rubí cereza granate que sacan a sus caldos quedaran inmortalizados.

 

Una vida de novela

Fueyo nació en el valle leridano de Arán. Su madre viajó en avanzado estado de gestación desde Asturias hasta esa comarca catalana para intentar reunirse con su marido, un soldado republicano huido a Francia tras haberse tirado al monte al derrumbarse el frente del Norte y caer Asturias en manos de insurrectos fascistas y monárquicos en la Guerra Civil. Continuó luchando en la Resistencia francesa contra los nazis alemanes. En 1945, tras ganar la II Guerra Mundial, cruzó con 6.000 guerrilleros republicanos la frontera para liberar a España del Antiguo Régimen. Pero, Inglaterra, Francia y Estados Unidos les abandonaron a su suerte. Fueron acorralados por las tropas de Franco y masacrados. Los supervivientes tuvieron que replegarse. 

Fernando quedó con la abuela en su aldea de Llanes. La capa de piel de tasugu –tejón en asturiano– que le confeccionó en 1950 para protegerle de la lluvia, era para aquel niño solitario algo más que una capucha a prueba de orbayu. Semejante indumentaria le transmitió la energía del bosque de castaños que bordeaba el camino que llevaba a su casa. Desde entonces amó los rugosos árboles centenarios, que dibujó una y otra vez. 

En el hospicio, donde le internaron cuando la abuela no pudo cuidar más de él, descubrieron el genio que encerraba. Llevaba un artista en el alma. Eso le ayudó a salir de aquel gélido ambiente y acabar en la escuela de Bellas Artes de Madrid. No finalizó los estudios reglados. Su espíritu rebelde no aceptaba sumisión alguna. Aprendió, decía, mirando las obras de los maestros, en el Museo del Prado. Era tan bueno pintando que rápido le secuestraron las agencias de publicidad. Las abandonó, a pesar de los buenos honorarios. Fueyo se horrorizaba cuando le querían comprar su arte. Lo que le encantaba era intercambiarlo por amistad. Buscaba afecto desesperadamente. Su punto débil era el déficit de cariño de su infancia. Tenía necesidad de ser atendido, mimado, alabado. Todo lo que le faltó en su momento. 

Podía parecer egocéntrico cuando requería de todo su tiempo para concentrarse o meditar; generoso y altruista cuando regalaba todo lo que tenía; entusiasta o melancólico al ritmo del orbayu de su tierra natal, el Oriente de Asturias. Amante de la amistad, de los sabores y los aromas del arte culinario, de los ambientes cálidos, húmedos o polares, todo, menos la temperatura constante, o los encefalogramas planos.

Era un ciclón, como no ocultaba su vozarrón, su melena blanca alborotada y sus brazos de herrero. Pero no arrebatado, sino pausado, delicado, sensible hasta extremos peligrosos para los montaraces activistas de bichos y forestas de los que gustabarodearse, como una corte de bárbaros alrededor de un Príncipe del arte y la cultura.

Fueyo nos hizo ver con sus pinceles, a través de sus cuadros, lo que añoramos y nos ha arrebatado el llamado desarrollo domesticador, que cubre y oculta como capa de chapapote las esencias del mundo antiguo. Nos hizo detectar secretos de colores, texturas, aromas y sentimientos vetados a los que tienen atorados los sentidos por el lucro desmedido, la acumulación de objetos inertes o la ausencia de tiempo para vivir.

Este refugiado, fugado de los horarios, los atascos, las prisas y la banalidad, pintaba por amor. Le inspiraban la causas nobles y de ellas la de la naturaleza, que además de ideal profundo es estética. Pero también porque ha sido, y es, asilo de los que huyen de los conflictos de los humanos, como le ocurría a Fernando

En la revista Quercus, empezó a pintar a los pocos meses de iniciarse la aventura de publicar esa revista. Fueyo me puso sobre la mesa de una famosa cafetería del centro de Madrid sus primeros dibujos de la naturaleza, que luego saldrían publicados en el Quercus de diciembre de 1982: unas cabezas de gaviotas, otro del puerto de Llanes con un revoloteo de argénteas, y un buitre leonado, dibujados a lápiz con una exquisitez maravillosa. Mi primer pensamiento fue muy bonito, pero la imprenta no reproducirá ni uno de esos cientos de grises. Aún no había expresado mi opinión de que aquellos dibujos no me valían, cuando un señor elegantemente trajeado que pasaba al lado de nuestra mesa, clavó su bastón en el suelo, retrocedió sobre sus pasos, se acercó y exclamó. “¿Quién ha hecho esto? ¡Compro! ¡Compro todo lo que me hagan como ésto!.

No nos habíamos repuesto del asombro cuando oí el vozarrón profundo de Fueyo que decía: No está en venta. Lo siento mucho señor, puede usted guardar su tarjeta. Esta obra no se vende.

No se me ocurrió decir ya nada, ni de grises ni de empastes. Acepté agradecido lo que, en mi ignorancia del arte, no había sabido reconocer y, por lo visto, era una obra de arte muy valiosa. Me fui para casa con aquellos originales bajo el brazo, sin saber que con la publicación de aquellos tres primeros dibujos sobre fauna de Fernando Fueyo, y los que siguieron, se iba a revolucionar el concepto del dibujo naturalista.

Pero más valioso que establecer un hito en el arte animalista fue poder disfrutar de él, de la amistad de una persona que era capaz de detectar la vida libre mucho más allá que nuestros prismáticos. Alguien que veía, sentía y captaba con sus pinceles el alma de los seres salvajes que nos rodean.

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